miércoles, 10 de mayo de 2017

El peso de la sabiduría


Subí las escaleras que llevaban a la biblioteca con la atención en modo terciopelo. El silencio era un visillo de tul colgado del techo que se movía sinuosamente y el sonido de mis zapatos el único ritmo acompasado que se escuchaba. Conforme me acercaba a la puerta escuché algunas voces. Habían llegado. La reunión comenzó en un tono ameno, simpático, y hablábamos de escritos, de estructuras, de comas y puntos, de excesos de adverbios, de palabras demasiado rebuscadas, de faltas y sobrantes. Y aunque ya no podía decirse que el silencio lo inundaba todo, nuestras voces parecían que se adaptaban perfectamente al ambiente detenido y sosegado, al fin y al cabo, propio de una biblioteca.

En un instante la situación cambió y una música estridente comenzó a subir descaradamente por la misma escalera que, minutos antes, yo había utilizado. A la vez que la música interrumpía el silencio de la biblioteca, y también nuestras voces, el suelo vibraba al son, a veces cariñosamente, como haciéndote cosquillas en los pies, otras, de manera insistente y haciendo que un nudo se me formara en el pecho, como en más de una ocasión había sentido con el temblor de algún pequeño terremoto.

­Entonces, Gracia nos explicó que en esa hora comenzaba la clase de zumba en el piso de abajo y que cada vez que subían el volumen de la música el suelo de la biblioteca retumbaba de la misma manera que lo haría si fuera un verdadero temblor de tierra. Estaba cansada de quejarse, de decir que una actividad de esas características no era normal que se realizara tan cerca de una biblioteca. Pero, nada, no le habían hecho ni caso. El técnico del ayuntamiento decía que no había de qué preocuparse, que en cualquier construcción lo más deseable era que se moviera la estructura, que no existía ningún peligro…

A veces, decía entre risas, le daban ganas de bajar con una escopeta y empezar a disparar sin control y cargarse a alguien o, por lo menos, destrozar a balazos el casete. Yo, entonces, recordé una fotografía en blanco y negro que había visto hace poco en la que aparecía una mujer con actitud adusta, el pelo recogido en un moño, las manos una sobre la otra. Era la bisabuela Pepa Carmen, que no tenía miramientos en sacar la escopeta por una rendija de la ventana y apuntar a cualquiera de sus cuatro hermanos, cuando se dejaban ver por sus tierras en un intento de arrebatarle alguna de sus pertenencias que con tanto ímpetu ella defendía. Cosas de familia.

Así me la estaba imaginando cuando el suelo se vino abajo, sí, tal cual, sin darnos tiempo a nada, toda la biblioteca quedó reducida a un amasijo de estanterías, paredes, ladrillos, libros y más libros… y nosotros, sepultados por toda la sabiduría del mundo. Nunca imaginé una muerte así, pero puesto que ya no había vuelta atrás y que nada podía hacerse para cambiar los acontecimientos, pensé que tampoco estaba tan mal morir entre tantas historias, entre tantos libros que en vida no hubiera tenido tiempo de leer y ahora me cubrían de pies a cabeza como si fueran capas de mantas en un frío invierno.

Y noté como una de mis manos rozaba un libro de cuentos de Virginia Wolf y también una selección de los mejores de Chéjov. Y sonreí. Seguí descubriendo todos los títulos que me sepultaban y encontré maravillas de Borges, García Márquez y Cortázar, y Shakespeare junto a Cervantes, que ni hecho a conciencia, Moby Dick con todo su peso, varios volúmenes de Verne y misterios de Conan Doyle y Christie, y justo encima de mi pecho reposaban narraciones extraordinarias de Poe, su corazón delator junto al mío, un lujo.

Sin duda, tenía a mi alrededor todos aquellos libros que hay que leer antes de morir. Era muy afortunada. Pero, entonces, me di cuenta que mi muslo derecho aplastaba unas cuantas sombras, unas cincuenta o más, y me horroricé. Y fui, poco a poco, siendo más meticulosa en la identificación de todos los volúmenes con los que iba a iniciar el viaje hacía la otra vida, y empecé a asustarme. Porque tenía muy cerca a autores de shows televisivos, y páginas y páginas de amores tediosos, personajes planos, historias baratas vendidas como bestseller, templarios, cátaros, merovingios, illuminati y demás descendencia, y autoayuda mucha autoayuda, que, irónicamente, en las circunstancias en las que yo me encontraba de poco me iban a servir.

La imagen de la bisabuela Pepa Carmen volvió a mi mente y comencé a maldecir a todos los que yo creía culpables de mi situación: al técnico del ayuntamiento, a la monitora de zumba y a sus alumnas, a Gracia por no haberlas matado a balazos… visto ahora no se podía considerar un acto tan horrible, nos habríamos ahorrado algunas muertes, las nuestras.

Ya solo me quedaba la resignación, esa que nunca había utilizado. Y comencé mi viaje hacia la luz rodeada de buenos y malos, y pensé en la importancia que ambos tienen en todos las historias y cuentos, en caperucitas y lobos, princesas y brujas, hadas y duendes malignos… y ya me importó menos mi angustiosa situación. Estaba, simplemente, ante una realidad editorial, narrativa, artística… no sé, pero así estaba el mundo.

Y descansé para siempre entre poetas, cantamañanas y algún cd de zumba. 



 Inés Pérez Andreu
Relato ficticio sobre realidades cotidianas





viernes, 16 de diciembre de 2016

Sinestesia

Maire Kalkowski

Ayer tuve un pensamiento y era verde, verde y grande. También era dulce, tremendamente dulce, como esa fruta que sueñas con morder cuando tienes sed. Era un pensamiento verde y fresco, joven y mojado en gotas de la mañana semejantes a las que al despertar cubren mi tejado. Era un pensamiento verde en una tarde verde.

Y mientras me recreaba en mi pensamiento verde llegaste tú. Tú con tu chaqueta roja, tu sonrisa roja, tu aspecto rojo. Como quien sacude las migas de un mantel así lanzabas palabras y más palabras al aire… y todas eran rojas. Y con tu ímpetu y tus palabras rojas casi me hiciste abandonar mi pensamiento verde.

Entonces te miré con desdén y levanté una ceja y apreté los labios, enviándote continuas señales para que no siguieras invadiendo mi pensamiento verde con ese color que sólo alguien rojo como tú podía tener. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Consuelo

Esther Gili




Su letra era un caminito de hormigas azules que jugaban a salirse del papel. Una de ellas, una z aventurera, dio un brinco y se colgó de un mechón de su pelo y enroscándose en aquella selva enmarañada, después de un suspiro, se durmió.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Ciudad esférica


Maire Kalkowski
Era una ciudad distinta a cualquier otra. Una ciudad encantada, dijo el viajero. Paseó por sus calles azules repletas de brisa, con balcones a los que se asomaban las abuelas a recitar antiguas canciones. Y corrió como niño por las aceras empedradas tan solo por escuchar el eco de sus zapatos, desgastados del camino. Telas blancas danzaban en las terrazas siguiendo el ritmo marcado por un viento caprichoso. Descubrió que la montaña, que guardaba celosa los secretos más íntimos de sus habitantes, lo observaba expectante controlando sus movimientos. Y al llegar al río, el agua se arremolinó en sus tobillos haciéndole cosquillas y refrescando sus pies cansados de peregrino. Y quiso hacer suya esa ciudad y deseó no irse jamás de allí. Y así quedó atrapado en aquel paisaje esférico que, de vez en cuando, giraba caprichosamente cubriendo con copos de nieve los tejados de las casas.



martes, 1 de noviembre de 2016

La zona latente

¿Qué hacía yo en aquel lugar inhóspito? ¿Por qué había despertado en semejante paraje? No tenía ni idea de donde me encontraba ni como había llegado hasta allí; una espesa nieve cubría el paisaje de árboles de copas altas, impertérritos y agónicos. No recordaba nada del día anterior ni, puesto a pensar, nada de mi pasado, de quién era ni de qué vida tenía antes de abrir los ojos. Una sensación de ahogo me inundó el pecho y el miedo me congeló los músculos, incapaces de realizar movimiento alguno. Pasados unos minutos conseguí articular algunos pasos y alcancé a ver a lo lejos una noria abandonada, paralizada, con sus sillones amarillos y desvencijados. Alrededor se esparcían los coches de un parque de atracciones, destrozados, abandonados. Naturaleza muerta en una escena que parecía estancada en algún recuerdo de un pasado catastrófico y olvidado.

Entonces los vi. Una manada de lobos se acercaba sigilosa, sin querer romper con su marcha la atmósfera silente del entorno. Eran los primeros seres que encontraba y, para mi sorpresa, no sentí el temor normal de cualquiera ante esta situación. Estaba tranquilo con la presencia de los cánidos. Al bajar la mirada contemplé mis pies. No lo eran, eran patas... y me uní a ellos.

En el avance de la jauría pude descifrar las letras de un cartel tirado y oxidado próximo a una valla. Quizá era el nombre del lugar, de ésta la que ahora empezaba a recordaba como mi tierra. Chernobyl rezaba.


viernes, 30 de septiembre de 2016

Maestro

Las sendas sinuosas se despidieron de ti y también los caminos rocosos y los llanos, los frondosos y los yermos, los valles y las serranías. Las hojas de los árboles, como aretes de encajes, silbaron una última melodía, un último canto que acompañaba al caminante, al peregrino en su despedida. El viento acurrucó a las nubes y los moradores de los bosques, reales e imaginarios como las musas que a veces te visitaban, susurraron las canciones de la Tierra. El aroma de los montes, a pino, a tomillo y a romero, a tierra firme, se mezcló en sinfonía con el tul de la niebla y con las gotas de rocío, como escoltas del guerrero que termina la contienda.

El río sigue su curso, la montaña resiste el envite del tiempo, la luna se muda en su manto siguiendo su ciclo, el camino se dibuja con otros pasos, con otras vidas. Y entre todas esas huellas, las tuyas: las de un guerrero, un caminante, un maestro.


jueves, 29 de septiembre de 2016

La ranita cantora

Era una ranita hermosa,
con chaqueta de tweed rosa,
que croaba con la luna
sin vergüenza ninguna.

Con sus cantos despertaba
al abuelo de la cama,
a la niña de su cuna
y en la iglesia al señor cura.

Una tarde, ya cansada
de reproches y miradas,
agarró bien su maleta
y partió en su camioneta.

Y a modo de despedida,
a todos los de la villa,
dejó escrita una cartita:
"Esto avisa la ranita".

Escucharéis la campana
y el petardo con su traca,
al gallo, al gato, a la pava.
Oiréis el carro que limpia
carril, acera y fachada
y al afilador que afila
cuchillo, tijera y navaja.

Croac, croac, croac
dice la ranita,
croac, croac, croac
¡buen viaje, amiguita!