jueves, 9 de octubre de 2014

El punto sobre... El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson.


Edición: Salamandra, 2012
Nº Páginas: 416
ISBN: 9788498384161

Jonas Jonasson nació en 1962 en Växjö, una pequeña ciudad del sur de Suecia. Tras haber sido periodista, jefe de la sección de deportes de un diario, fundó su propia productora de televisión. Después de varios años trabajando sin descanso, apenas tenía tiempo para su vida privada, se dio cuenta de que no era feliz. Decidió vender su empresa por una sustanciosa cantidad de dinero, se casó y comenzó a redactar la novela que llevaba años queriendo escribir: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Después del éxito de su primera novela, ha escrito La analfabeta que era un genio de los números.

Un abuelo se escapa de la residencia en la que vive justo el día que cumple cien años. A partir de este sorprendente inicio, el abuelo se verá inmerso en una aventura con todos los tintes de comedia negra que se precien: asesinatos, persecuciones, botines, narcotraficantes, etc. En su peripecia le acompañan un ladrón de tres al cuarto, el dueño de un puesto de salchichas y una Bella Dama con un  elefante como mascota.
A la vez que se desarrolla la historia se intercalan capítulos en los que conocemos la vida anterior del protagonista, Allan Karlsson. Este ciudadano sueco vive experiencias tan inverosímiles como conocer a Franco, Stalin, Mao, Churchill, Einstein…, ser agente de la CIA, cruzar a pie el Himalaya o crear la bomba atómica.
Es una novela divertida para pasar un buen rato, con escenas totalmente surrealistas e ingeniosas aunque quizás tampoco hay que esperar grandes pretensiones de ella. Lo mejor del libro, en mi opinión, es su protagonista que, aunque aparentemente parece un viejo chiflado, se descubre como un hombre de un maravilloso sentido común.
El abuelo que saltó por la ventana y se largó ha ganado el Premio de los Libreros de Suecia y ha sido Libro del Año, se ha traducido a treinta y cinco idiomas y se han vendido más de tres millones de ejemplares.
Algunos párrafos extraídos del libro:
“Cuando la vida hace horas extras es fácil tomarse libertades, pensó, y se acomodó en el asiento.” (Página 16)
“El año que Julius cumplió veinticinco murió su madre, algo que lo apenó, y poco después su padre se hundió en el pantano al intentar salvar una vaquilla. Julius también se apenó, pues tenía mucho cariño a la vaquilla.” (Página 23)
“Su madre había participado en la manifestación del 1 de mayo en Fler a favor del sufragio femenino, la jornada laboral de ocho horas y demás causas inalcanzables.” (Página 33)
“Las cosas son como son y así seguirán siendo.” (Página 41)
“A Allan le pareció estúpido e innecesario que los habitantes del siglo XVII se mataran entre sí. De haberse calmado un poco y habérselo pensado mejor, habrían caído en la cuenta de que iban a morir de todos modos.” (Página 63)
“El tratamiento de Karlsson ya había concluido y ahora tenían que castrar y analizar a otros, a muchos otros. El jefe Krook no se imaginaba de cuántas personas había que salvar a la nación, de muchísimas: judíos y gitanos y negros y medio negros y deficientes mentales y suma y sigue.” (Página 77)
“Hubo un golpe militar de la derecha, seguido de una huelga general de la izquierda. Más tarde se celebran elecciones generales. La izquierda ganó y la derecha se cabreó. ¿O fue al revés? Allan no lo sabía, como quiera que fuese, al final estalló la guerra.” (Página 83)
“Y cuanto más le sonsacaba el oficial de inmigración al sueco, manos fascista parecía éste. Y tampoco comunista. Ni nacionalsocialista. Sencillamente, no era nada de lo que parecía ser, salvo experto en explosivos.” (Página 117)
“Allan no lo dijo, pero pensó que, en cabio, él nunca había oído hablar de Tage Erlander. De hecho, ni siquiera sabía si era de izquierdas o de derechas. De uno de los dos bandos sería, desde luego, porque si algo había aprendido Allan a lo largo de su vida era que la gente se empeñaba en pensar de una manera o de otra.” (Página 196)
“Allan no era de los que se hacían ilusiones inútilmente (ni lo contrario, ya que estamos) sobre el devenir de su vida. Lo que tenía que ocurrir, ocurría, no valía la pena elucubrar de antemano.” (Página 224)
 
Inés Pérez Andreu