jueves, 10 de marzo de 2016

El principito que veía un hipopótamo

Cuando trabajas con niños puedes vivir anécdotas todos los días y si te sensibilizas con su particular manera de ver las cosas, entonces, cada día puedes descubrir algo nuevo. En el aula los niños aprenden del maestro y el maestro, si se deja llevar, aprende mucho más.

Toca control de ciencias naturales, una ficha con actividades que resume el tema trabajado, es decir, el examen que se llamará más adelante. La clase se mantiene silenciosa, todos se afanan en hacerlo bien. Uno de mis alumnos se acerca a mi mesa con una duda sobre el primer ejercicio cuyo enunciado dice: “Colorea los seres vivos de este ecosistema.” Seguidamente se presenta el dibujo de un paisaje.


—Seño, ¿qué es lo que está debajo del sapo? —me dice el niño.
Yo, miro la hoja. Está más que claro que el sapo descansa encima de una roca.
—Pienso que como te aburres vienes a mi mesa para darte un paseo porque no creo que haya duda sobre lo que está debajo del sapo. Tenemos los mismos ojos así que creo que estamos viendo lo mismo: una roca. O ¿tú qué crees que es? —le contesto algo seria porque me parece imposible que no esté viendo una roca debajo del sapo.
—Un hipopótamo—me contesta. El niño se mantiene circunspecto, seguro de lo que me dice, conforme con su respuesta.

Me quedo perpleja pero no puedo evitar la sonrisa y él también sonríe. En ese pequeño instante todo cobra sentido. No tengo más remedio que rendirme y evidentemente reconozco que me equivoqué desde el principio porque no tenemos los mismos ojos. En ningún momento estábamos viendo lo mismo. Él miraba un dibujo con sus ojos claros de niño y yo lo hacía con unos ojos contaminados por el tiempo, con ojos de adulto. Él podía ver una serpiente que había devorado a un elefante y yo tan sólo veía sombreros.


Aprendemos desde niños a ver la realidad del mismo modo y para todos por igual: lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo… El mundo se colorea siempre del mismo modo, los árboles son verdes y marrones, el cielo es azul, las estrellas amarillas… y olvidamos la variedad de tonalidades que tenemos delante de nuestros ojos y, sobre todo, las distintas interpretaciones que la realidad muestra a cada persona. Tan valiosas todas, tan verdaderas cada una de ellas. Cegamos nuestra mirada y cuestionamos aquélla que intenta mantenerse propia. Limitamos nuestra creatividad y encerramos bajo llave esa parte de nosotros que tan importante fue en la infancia: la imaginación.

—Vale, es posible que no sea una roca. Yo veo la roca pero no puedo asegurarte que lo sea. Si tú ves un hipopótamo, ¡coloréalo!
El niño, satisfecho, vuelve a su mesa y sigue con el ejercicio.
Yo vuelvo a mirar el dibujo y… creo que empiezo a ver un ojo pequeñito de hipopótamo entre las patas del sapo.

Y fue así como conocí a mi principito.


El valor de las palabras

Al salir del trabajo comparto acera con dos jovencitas de alrededor de 14 años y otra más pequeña, a la que acaban de recoger del colegio, de unos diez. Al acercar mis pasos a ellas escucho su conversación. ¿Dónde se habrá metido esa guarra? —dice la más alta. Yo alzo las cejas y cambio la expresión de mi cara. ¡Vaya boca! —pienso. A continuación la niña de diez años gasta una broma a la más alta que la hace tropezar, así que ésta le lanza un ¡gilipollas! a la más pequeña y la más pequeña ni corta ni perezosa le atiza con un ¡te jodes! En ese instante aparece la guarra que con aires de comerse el mundo les dice a sus amigas: ¿Sabéis a quién coño me he encontrado? ¡Al hijo puta! La amiga más baja no recuerdo si intervino en esta conversación tan elocuente así que la dejaré en un segundo plano más que agradecido.

Guarra, gilipollas, jodes, coño, puta. En una conversación de diecinueve palabras, y dejando a un lado a los verbos que dentro de la oración son los que parten la pana, deslumbran el adverbio y pronombre interrogativos  “dónde” y “quién”, el demostrativo “esa” que tan bien empleado acompaña a guarra en esa pregunta,  “te” y  “me” adorables pronombres, la preposición “a” tan pequeñita y simpática y para colmo del buen gusto gramatical la contracción “al”. Sin esas pequeñas palabras que a veces son eclipsadas por otras como verbos y sustantivos la conversación habría estado totalmente carente de sentido a la vez que hubiera parecido una lluvia de insultos más que una típica conversación entre amigas.

Aunque muchos me dirán que en los tiempos que corren no debería impresionarme con ciertas palabras (o, mejor dicho, con la cantidad de ciertas palabras), la verdad no ha sido esa. Además me sorprendía todavía más que hablaran en voz alta y sin mirar a un lado y a otro por si alguien las escuchaba. Les daba igual. Creo que tienen ese vocabulario tan adquirido que para ellas era totalmente normal. La rara en esa acera, indiscutiblemente, era yo.


Y sin llegar a extremismos ni a estirar tanto la lengua que llegue a convertirse en ridículo utilizar continuamente y en exceso, por ejemplo, niños y niñas, chicos y chicas, miembros y “miembras”… creo que el lenguaje sí es importante. Las palabras empleadas nos definen no sólo individualmente sino como sociedad, como grupo de personas que usan un mismo idioma. El lenguaje puede castigar, reprimir, puede hacer caer en el olvido,  desvalorizar, también puede convencer, engañar, seducir, amar… con el lenguaje se puede aprender a hacer todo. El lenguaje debe estar al servicio de sus hablantes y del momento en el que vivimos y dejando de lado ciertas propuestas que sólo sirven para golpear a la lengua, creo que a cada palabra se le debe dar su valor como a cada persona, hombre o mujer.  


lunes, 7 de marzo de 2016

Día de las mujeres

Yo no quiero ser mujer princesa o no quiero serlo siempre ni tener esa aspiración ni esa cuna real, quiero ser princesa a veces, cuando me apetezca lucir lazos, vestido pomposo y delicadeza de pastel. No necesito que me recuerden que una señorita no debe decir estas o aquellas cosas porque no sé qué es ser una señorita. Sé lo que soy yo, nada más. Quiero jugar hoy con muñecas y mañana quizás ya no.

Yo no quiero ser mujer mamá o no quiero ser mujer por el hecho de poder parir hijos. Si no pudiera o si no quisiera tenerlos sería la misma cantidad de mujer al mirarme al espejo.
Y como mamá no quiero ser juzgada por mi madre, por mi suegra, por la vecina, por la dependienta de la frutería… No quiero tener que justificarme ni tener que explicar, en reunión familiar, las decisiones que tomo en relación a mis hijos. No quiero sentirme mal por no saber la cantidad de puerro que hay que poner en los potitos de mi hija. Y que cuando alguien descubre que es él el que prepara la comida de la niña te digan: Pues no tendrás queja… vaya marido tienes… Y también: ¡Qué comida tan rica te hace papá! Te hace papá… te hace papá… papá… papá. Y sí, yo también quiero mi medalla, mi palmadita en la espalda, mi condecoración por ser una buena madre y por hacer tantas otras cosas excepto la comida de la niña. Y como no suele ser así, deseo en lo profundo (no me atrevo a decirlo en voz alta) una vida machista de esas de cuidado de niños, limpieza y cocina en exclusiva y en la que mi marido no supiera más que encender el televisor y trabajar fuera de casa. Porque así por lo menos sería una buena madre que prepara la comida de su hija, aunque siempre sin medalla (este pensamiento tampoco me dura mucho tiempo).

Y es chirriante cuando en el trabajo oyes comentarios como: “Esa clase es algo conflictiva, sería mejor si la cogiera un hombre porque muestra más autoridad delante de los alumnos” La autoridad o, más bien diría yo, el respeto al profesor no lo dan los testículos, ni siquiera si son enormes. Nunca.

Y jamás he sentido que me guste comprar zapatos por ser mujer, creo que es algo propio, mío, de mi persona. Es ridículo pensar o decir: Soy mujer porque me gusta ir de compras, estar siempre mona como una princesa, tener hijos, preparar la comida… Si fuera todo lo contrario estoy segura de que seguiría siendo mujer. Y, por cierto, el número de mujeres a las que les gusta leer es superior al de hombres pero, mientras que todas tenemos el estigma de que nos tienen que gustar las compras, nunca he escuchado: “Te gusta leer tanto porque eres mujer”

No quiero ser sumisa, ni rebelde, ni ama de casa abnegada, ni superwoman. No quiero ser mamá buenorra de 40, ni estropeada de 30. No quiero que me guste conducir porque la verdad es que no me gusta, como tampoco quiero lucir rulos y mascarilla los fines de semana. Yo soy yo, no soy los estereotipos de mi género.

8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Todo día festivo tiene una historia detrás. No celebramos que la mujer trabaje hoy celebramos que hubo un día en que lo pudo hacer. No me siento orgullosa de ser mujer porque igualmente me sentiría si fuera un hombre. Me siento orgullosa de ser yo, de que otras mujeres lucharan porque yo hoy pueda elegir, pueda pensar libremente y decir, en todo momento, lo que me apetezca decir.



El 8 de marzo de 1908, 129 costureras industriales de la fábrica estadounidense Sirtwood Cotton se declararon en huelga para reivindicar un sueldo digno, la reducción de la jornada laboral a 10 horas y la prohibición de utilizar mano de obra infantil. Todas murieron carbonizadas en el interior de la fábrica en un incendio provocado en respuesta a esta manifestación pacífica.